domingo, 7 de junio de 2015

Ordenar la biblioteca, ordenar la librería


Aquella frase de tantos libros y tan poco el tiempo resuena en mi cabeza varias veces por día. Labor sin fin, se me van las horas en cargar, trasladar, limpiar, ordenar. Siempre hay algún momento para hojear y otro para leer, pero puedo pasar mucho tiempo en la búsqueda de algún ejemplar extraviado. Todo lo tenemos, pero hasta el día de mañana, suelo decir a los clientes que me piden libros que vi por ahí, pero no sé en dónde. Cuántas veces he encontrado el título a destiempo; he perdido ventas considerables que aumentarían alegremente nuestro promedio de ingreso diario. Hice ya un lugar en la librería para aquellos libros que encontré después de que se fuera el cliente. Orden. Todo está en el orden, pero ¿cómo ordenar más de cien mil libros donde no hay espacio? 

 

La semana pasada trasladaron mi viejo librero a la casa nueva. Vacío y brillante: un placer. Después de tener libros en plástico por meses, han salido a la luz muchos de mis favoritos. Ojalá fuera el espacio sólo para acomodar los libros más vistosos y en mejor estado, ¿pero cómo ordenar los demás?, ¿dónde guardarlos? Igual les tengo cariño, aunque no se vean tan bien en la biblioteca.

Con más de una librería a la mano, siempre he tenido muchos libros y buenos, una biblioteca circulante. En la preparatoria, cuando tenía que estudiar biología, por ejemplo, me llevaba los mejores libros de la librería. No uno, diez o los que fuera que me gustaran para estudiar. Pasaba más tiempo viendo y comparando las ediciones que estudiando, pero igual me iba bien en los exámenes. Después, simplemente los regresaba a la librería y listo. Mis tíos de la calle de Donceles tenían la bonita tradición de regalarnos a los sobrinos todos los libros que quisiéramos al entrar a la universidad para apoyarnos en la carrera: todos los libros que quisiéramos de unas nueve librerías. Muchos de mis libros más queridos de diseño son de aquel recorrido por sus estantes. Con los años, mis temas de estudio se fueron sofisticando y, aunque mi biblioteca siempre ha circulado de la librería a la casa y de la casa a la librería, me he quedado con más ejemplares de los que quiero realmente conservar.


Suelo dividir la biblioteca en dos: los libros para ver, conservar, coleccionar (suelen ser libros bien diseñados) y los que uso para leer. Los acomodo en libreros diferentes, incluso en zonas de la casa diferentes. Estos son, tal vez, los temas más vistosos de mi biblioteca: Libros y revistas ilustrados por Miguel Covarrubias, Diego Rivera, Francisco Díaz e León, Gabriel Fernández Ledesma, Dr. Atl y artistas de la Escuela Mexicana del Libro; los diseñados por Vicente Rojo, Rafael López Castro, Juan Pascoe y otros diseñadores mexicanos que admiro; libros para niños de todas las épocas y de todo el mundo; los que me gustan sólo por su diseño o ilustraciones; libros de diseño de libros; libros sobre libros; los de ex libris y grabado. Largos etcéteras  y claro: los libros de Alejandro.


Estuve a punto de deshacerme una vez más de toda la narrativa, que va y viene una y otra vez, pero decidí conservar la buena literatura para la adolescencia de mis hijas. También me quedé con libros que me gustan mucho de poesía, filosofía e historia. Conservo con mucho cariño los libros escritos por Joaquín García Icazbalceta y tengo una buena colección de crónicas de la conquista. Después de estas secciones, quedan muchos libros fuera. ¿Para qué conservar éste libro de las exploraciones al Tibet? Quién sabe.  También dejé en mi oficina libros que no quiero traer a casa, pero que tampoco quiero llevar a la vendimia. Qué se hace con tanta acumulación, si una vida no basta para ordenarlos, leerlos, disfrutarlos. Tantos libros y tan poco el tiempo. 


Ordenar la librería es muy diferente. Hay libros de todos los temas, de todos los tipos y todos los estados de conservación. Además de los temas usuales con los que se ordena cualquier librería, tenemos en bodega algunas secciones que mi mamá guardó con esmero: primeras ediciones de literatura mexicana y latinoamericana, algunos con firma del autor; libros de texto de la primera mitad del siglo XX; libros ilustrados; fotografía latinoamericana; ediciones raras de historia de México, y varios libreros dedicados a la historia de los estados de la República; libros de las editoriales del exilio español; códices e historia antigua de México. También tenía una sección para libros antiguos de medicina con láminas, y algunos más de derecho. Por las bodegas hay pequeños folletines sueltos, estampas y grabados antiguos, que según me dicen mis tías libreras, pueden ser parte de la colección de mi abuelo. Podría agregar también una miscelánea que salpica todos los libreros con ediciones que resultan interesantes y raras por una razón u otra. 


Sin embargo, los mejores libros, los que conservó y ordenó durante veinte años, los usó para abrir la Libreria Anticuaria tres años antes de su muerte. La conservan mis hermanos menores. Veo su librería y suspiro: un espacio ordenado, limpio, libros en perfecto estado, solo buenas ediciones. Una librería nueva para ordenar la librería vieja. Eso es lo que necesito, pienso.



En un afán de hacer espacio, he sacado cerca de cincuenta cajas de libros de las bodegas que ya no sirven. Sí: libros que ya no sirven. Nadie los compraría ni a diez pesos menos el diez por ciento de descuento con pago en efectivo, según yo. He pensado en venderlas como si fueran pacas de ropa: ¡A cien pesos la caja, pague sin ver, descubra el buen ejemplar, sorpréndase al llegar a casa! o llamar al camión del reciclaje para vender esas cajas por kilo, que se conviertan en papelito para el taco, pero no me atrevo. A pesar de que yo misma fue quien las seleccionó, me da pavor tirar algún ejemplar interesante. 






La casa, la oficina y la librería me inundan. Podría sumar a esta acumulación libresca los libros de la bodega de la editorial. ¿Encontraré algún día en esta vida un buen sistema? A veces pienso que antes moriré dejándole a mis hijas una acumulación más grande y caótica de la que me dejó mi mamá a mí. Tal vez de una alergia extraña, o de un hongo de libro como el del El nombre de la rosa, o aplastada bajo una pila o un librero; tal vez un tomo gordo cayendo sobre mi cabeza como el yunque de las caricaturas, o enloquecida de tanto libro. Por mi parte, planeo vivir, como mi abuela, cerca de cien años saludables. Y así tener mucha vida y tiempo para ordenar mis libros.

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